Efecto Espejo. Capítulo 4: ÉL

|Inés Muñoz Aguirre|

 

No voy a decirle nada a mi mujer cuando llegue a la casa. Si no quiero interrogatorios, yo tampoco debo hacerlos. Suelto la chaqueta sobre la silla de la entrada. Camino hasta la cocina. No está. Subo a la habitación. Me cercioro de que tampoco esté allí y voy directo al closet. Abro la gaveta donde tengo el revolver. Tomo el arma, la reviso. Bajo las escaleras con ella en la mano. Voy hasta la cocina, lo primero que consigo es una pequeña toalla de limpieza y secado de las ollas, pero ella me sirve. Envuelvo la pistola y la meto en el bolsillo de la chaqueta, salgo apresuradamente. No quiero dar tiempo a que pueda llegar. Justo en ese momento el teléfono comienza a repicar, no sé que hacer. Me devuelvo, llego hasta el aparato, decido tomarlo.

–Aló…Aló.

Justo en ese momento escucho el tono. La persona que está llamando colgó. Salgo de nuevo. Cierro la puerta tras de mí, miro a un lado y a otro. Siento la adrenalina corriendo por mi cuerpo. Eso de cargar un arma en mis bolsillos, me llena de una emoción inexplicable. Camino hacia el bar de la esquina donde quedé en encontrarme con Casimiro, un muchacho que me recomendó mi amigo Héctor Luis. Acepté la recomendación porque él es un hombre de mi confianza. Entro, reviso con la mirada la barra. No hay mucha gente. Allí lo veo, un hombre blanco, regordete, con un gran bigote bordeándole los labios. Parece mucho mayor de lo que imaginé. Me hace señas con la mano derecha. Me acerco. Lo saludo.

–¿Te avisó Héctor, correcto?

–Así es.

Me señala la silla.

–Tómate una cerveza y después vemos qué es lo que necesitas.

–De acuerdo.

Los que trafican con balas se cuidan, pero tienen de todo. Jamás me imaginé que Héctor Luis tuviera este tipo de contacto. Sólo le comenté que quería meterme en clases de tiro al blanco, pero que me había quedado sin balas y que no me gustaría ir a ninguna tienda a comprarlas, porque me da cierto temor. Enseguida me habló de su amigo, de los diferentes tipos de armas que tienen.

De pronto se abre la puerta del bar. Veo entrar a dos policías, uno de ellos se queda en la puerta, el otro camina directo hacia mí. Comienzo a sudar. Fijo la vista en la botella de cerveza, escucho los latidos de mi corazón como una campana en mis sienes. Casimiro, que así se llama el hombre, se levanta sin prisa, pero percibo que lo hace con cuidado, miro de reojo y logro ver que entra en el baño, justo en el momento en que el policía se detiene a mi lado. Me mira.

–¿Usted es Gerson Briceño?

Siento que tiemblo.

–Sí.

–Necesito que me acompañe.

Todos voltean a mirarme. Estoy a punto de sacar la pistola y entregarla antes de que me lleven preso.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ