Rezos tras la ventana

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Todo muy a los Dickens pero sin tinta que lo narre en pasado”

Ignacio Barroso Benavente ha sido el encargado de novelar con ese estilo tan particular, negro, de guion cinematográfico, casi de ráfaga del famoso subfusil Thompson, –por el que la mafia del Chicago de los años veinte sentía un verdadero aprecio–, la vida y obra de uno de los mayores asesinos en serie que se conocen. Me refiero a: Gary Ridgway: El asesino de Green River, (Sekotia, 2018), trabajo en el que, no me cabe la menor duda, es seguro que el alma del lector sufrirá golpes, incluso podrá oír algunos chasquidos muy cerca del corazón.

Y es que el nacido y criado en el madrileño barrio de La Elipa, ha vuelto a demostrar que sabe torear un buen morlaco, tanto en el relato corto negrocriminal, como sumergirse en el espanto de un excremento humano como el que centra la atención del texto que protagoniza estas líneas.

De lectura ágil y sin perderse en florituras, que no siempre vienen a cuento, el lector irá pasando de página a página sin apenas despegar la vista de ninguna de ellas. Tanto es así, que el autor ha logrado diseñar las transiciones sin que se note salto alguno, como ocurría no hace tanto cuando en las antiguas salas de cine comprobábamos las marcas del fotograma que anunciaba el inminente cambio de rollo. Y así…

En poco más de doscientas páginas se describe la vida de Gary Leon Ridgway, desde su más tierna –licencia poética– infancia, en la que su madre lo somete a un implacable y despreciable acoso, (más cerca de la pura y dura tortura que del cachete), pasando por el calvario del colegio e instituto hasta llegar a su etapa adulta. No es, y eso es preciso indicarlo, un trabajo que pivote sobre los aspectos macabros porque sí, Barroso-Benavente novela una historia que por dura y asfixiante, no puede pasar por alto la información, los datos que alguna que otra alma sensible puede calificar como del todo insoportables. Porque la vida, la existencia misma, está plagada de estos tipos, de esta escoria a la que no se puede calificar como simples enfermos fruto de una infancia llena de miedos. Eso nunca. Se describe con los detalles precisos, quién fue y qué hizo el asesino de, al menos cuarenta y ocho mujeres, un ser con las ideas muy claras que fue perfeccionando su técnica con el fin de disfrutar lo máximo posible con la misión que se había encomendado: barrer el vicio, centrifugar el terror; expandir su palabra.

Es probable –estoy convencido que así pasa– que algunos creen que a estos individuos hay que darles una oportunidad para la reinserción social, que lo suyo se arregla con terapia. A ellos y a usted recomiendo la lectura que nos ocupa. Es una novela que narra hechos ciertos; es un libro que cuenta una historia negra como la vida, tan real, que parece una ficción. Pero ya sabe, la vida es inimitable.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ