El detective errante

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Lew Archer es un detective privado que no se limita a dar mamporros o a pasar el rato hundido entre un bosque de reproches, Archer no se pierde en disquisiciones depresivas porque cuando se habla de pistolas,“siempre me lo tomo en serio”, porque a la creación de Ross Macdonald se le revuelven las tripas ante la presencia de escoria humana, incluyendo a los clientes que tienen el dudoso honor de ocupar un puesto en esa escala de una hipotética clasificación estomacal.

En El coche fúnebre a rayas (The Zebra-Striped Hearse), Ross MacDonald (1915-1983) presenta un caso donde lo que al principio parece –y parece un poquito retorcido– con el paso de las páginas se vuelve ¿retorcido?, digamos que se torna espeluznante, pero no se deje confundir por el adjetivo porque todo es negro, socialmente negro.

Me gusta Archer por varios motivos y ninguno de ellos tiene que ver con brusquedades y añadidos apestosos, Lew resulta una persona con sentido del humor: –“Debe [Archer] ser un predicador errante o algo así”, a lo que él contestó: “Soy un detective errante”. O esta otra situación en la que se encuentra con la madre de un chico al que quiere interrogar y aquella, agarrada a una copa de martini y con problemas de verticalidad le dice: “¿No le conozco de algo?”“Soy un prototipo”, responde. Y Lew es un investigador que observa su entorno, tanto el físico como el humano, y no pierde la ocasión de revisarlo con detenimiento. Claro, usted dirá que eso es lo que hace un detective, pero yo le puedo asegurar que no todos los tipos duros gozan de esas virtudes, ni siquiera los tipos.

Y como sea que esto llega a su final, creo que dejaré que sea James Ellroy quien se encargue del mismo: Archer “es consciente de que su trabajo es explicar y servir de guía. (…) Les ha dado el peligroso conocimiento y les ha permitido echar un vistazo a la Historia. Soy el heredero del ‘tema’ y el ‘oficio’ de Ross Macdonald”.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ