Efecto Espejo. Capítulo 3: ELLA

|Inés Muñoz Aguirre|

 

Hay muchas ideas dando vueltas en mi cabeza. No me atrevo a calificarlas de buenas o de malas. Son eso, sólo ideas. Entro a la farmacia a comprar pastillas para dormir. Es un problema porque las venden con récipe médico. Me gasté el dinero en ir a una consulta con un médico desconocido para mí. Le hablé de mi insomnio. Le dije que paso hasta 24 horas sin dormir. Me miró lleno de compasión.

La farmacia está llena de gente. Tomo un número para que me atiendan. No lo puedo creer me, vine al otro extremo de la ciudad y allí veo a un hombre que se acerca sonriente mientras mueve la mano de un lado a otro. Agudizo la mirada para tratar de descubrir quién es. Yo no sudo, pero siento que una gota de sudor cae sobre mi frente, la desaparezco de un manotazo. Está aquí, es Héctor Luis, precisamente un compañero de trabajo de mi marido. Me da dos palmadas sobre el hombro.

–Pareces sorprendida.

Sonrío.

–¿Sorprendida yo? ¿Por qué?

–No lo sé. Me imagino que de encontrarme aquí, pero es que vivo a dos cuadras. Sorprendido estoy yo de que andes tan lejos de tú casa.

–Vine a visitar a una amiga que no se siente nada bien. No tiene mucha ayuda porque no es de acá. Así que la vine a acompañar un rato y me pidió el favor de hacerle algunas compras.

Me responde sin darme tiempo a pensar más allá de lo que he dicho.

–¿Qué número tienes?

– Diez y seis.

Se alegra. Me muestra su ticket.

–Yo tengo el ocho, justo la mitad, así que te puedo ayudar. Dime el nombre del medicamento y yo te lo compro.

Me desconcierta. No sé qué decir. No puedo dejar pistas de nada. Siento que se aceleran los latidos de mi corazón.

–Te lo agradezco Héctor, pero quería aprovechar el tiempo para ver con calma otras cosas que pueda necesitar, no sólo ella, si no yo también. Total, si ya ando por aquí…

Mira a su alrededor algo desconcertado. Creo que trata de descubrir algo o a alguien que me incrimine. Estoy segura que saldrá corriendo a contarle a mí marido que me vio. Tengo que preparar la coartada perfecta. Sonrío, trato de bajar un poco la tensión, sin embargo tengo claro que he caído en desgracia.

–Me encantó verte. Voy a revisar en los estantes, las farmacias de nuestras zona no están tan surtidas como ésta.

Es parco.

–Adelante.

Le doy la espalda. Camino sintiendo el peso de su mirada sobre mi cuerpo. Tomo una crema de manos, leo la etiqueta. Veo que el hombre se dirige hacia el grupo de personas que están en espera. Decido salir de allí. Abandono el lugar a la carrera.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ