Todas las puertas

|M.Á. Contreras Betancor|

 

La infancia deja marcas que un entorno adecuado puede hacer germinar por mucho que los adultos, preocupados al descubrir que el niño posee algunas peculiaridades nada aconsejables en su desarrollo como ser, se empeñen en mantener fuera del alcance de miradas indiscretas. Se toca a rebato paterno filiar y todos se ponen a remar en la misma dirección, pero lamento comunicar que por más que se apriete el culo, hay estigmas que –lo dije antes– florecen.

En El asesino dentro de mí (The killer inside me), Jim Thompson, (1906-1977), primero entorna y al cabo de un rato propina una patada inmisericorde a todas las puertas por las que transita la ‘atormentada’ existencia de Lou Ford, un adorable ‘sheriff’ adjunto de un pueblucho texano en el que conviven los Conway de turno que hacen de su capa –el dinero– el sayo del poder absoluto, junto con los garantes de la ley y el orden, siempre más preocupados porque no les molesten en exceso que por hacer cumplir una ley, que como dice Ford: “se alinea muy claramente en un lado determinado de las barricadas”, en el que nunca, añado, se encontrarán los vecinos y sí, los vencidos.

Esto es novela negra sin artificios contables, persecuciones por angostas carreteras o puñetazos de tirita y trago de bourbon barato; en este trabajo, Thompson hace una disección del personaje principal, –el que realmente importa– de la mano del propio Lou, que en primera persona narra sus avatares en Central City, una urbe en la que “no hay muchos maleantes”, que por otro lado, también son personas, “aunque se alejen del camino recto”, añade. Un tipo que padece una enfermedad: “la enfermedad”que lucha por amarrar en corto pero las malditas circunstancias, siempre las circunstancias –un hermano ‘muerto’–, desvían la trayectoria de la bala.

Podría decir que entre sus páginas se respiran momentos de amor, incluso me atrevo a afirmar que Lou es una buena persona porque él deja entrever esa debilidad y yo tiendo a sucumbir ante la buena gente, soy así, pero en El asesino… hay más; con Jim Thompson siempre es así, sea de noche o con un millar de almas.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ