Efecto Espejo. Capítulo 2: ÉL

|Inés Muñoz Aguirre|

 

Odio tener que regresarme. Todos los días olvido algo, las llaves, la carpeta, los lentes. Tengo que entrar de nuevo en la casa. Abro la puerta con cuidado. Ella aún está dormida y no la quiero despertar. Si lo hago me lo reclamará una y otra vez hasta que me vea salir de nuevo. Hay días como hoy en los que no soporto su quejadera. No sé que le pasa a las mujeres que nunca son felices, y uno, siempre es culpable de todo. A veces creo que me detesta. Yo no la detesto a ella, pero estoy harto. Ya me es muy difícil disimularlo.

Subo las escaleras hacia nuestra habitación. Casi piso con la punta de los pies, para no hacer ningún ruido. En ese momento me doy cuenta que dejé la puerta de la calle abierta. Me detengo. No lo puedo creer, tendré que devolverme. Tomo aire. Me regreso. Cierro con cuidado. Subo de nuevo. Llego a la puerta del cuarto. No la había cerrado por completo, así que sólo la empujo tocando el pomo. El cuarto está oscuro. Mi mujer tiene muy mal dormir, siempre procura crearse un ambiente relajado. Hace un tiempo atrás se despertaba muy temprano, ahora no, es frecuente que me marche sin verle la cara. Mientras camino hacia el guardarropa pienso que es lo mejor, lo único que hacemos es discutir cuando estamos uno frente al otro. Habla sin parar, a veces he pensado que me encantaría tener la posibilidad de cortarle la lengua. La metería en un frasco y la pondría allí, frente a la cama, para que la viera todos los días al despertar.

Abro las gavetas sigilosamente, cada vez que termino un movimiento me asomo a ver si aún duerme, busco bajo mis franelas y mis interiores. Reconozco mi desorden. Encuentro mi revolver, lo saco, lo observo durante un rato. Mi mujer siempre le ha tenido miedo. ¿Qué cara pondría si me acerco hasta ella y le coloco el cañón en la frente? Me causa curiosidad. Quizá un día lo haga. Algo suena afuera en la calle, creo que es el camión del aseo. Regreso el arma a su lugar. Abro la caja de los relojes y allí están las yuntas negras que vine a buscar, las tomo y salgo. Me paro en la puerta, la observo. Ahora duerme como un ovillo, ya no es la mujer seductora de antes, que me aguardaba desnuda cuando yo menos lo esperaba. Me provoca sentir su olor. Me acerco sigiloso. Me apoyo en la cama y aspiro sobre su cuello. Mi corazón salta al imaginar que despierte y me descubra sobre ella, observándola.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ