Tres esquinas

|M.Á. Contreras Betancor|

Si hay algo que no cura la nostalgia es un regreso.

Que nadie se sorprenda, pero tengo la impresión que la vida es un puro fajarse, con razones alguna vez y porque sí en otras ocasiones. Del diálogo, el respeto y la comprensión entre iguales hablaremos mientras el menda esquiva una serie de golpes a la cara, los riñones… y al alma, ese espacio que alguno se empeña en convertir en un almacén de recuerdos agónicos y hasta de desechos.

Pere Cervantes ha firmado Golpes, (Alrevés, 2018) plantando la primera letra del alfabeto griego –Alfa– o Abel, según el Registro Civil, dentro de una historia en la que un policía suma las papeletas de una rifa para la que… Bueno, no sigo porque el asunto es mejor resolverlo a pie de página, exactamente 190, que transcurren como si de un combate se tratase; y de eso se trata.

No es fácil narrar una historia de género negro porque tampoco es sencillo hablar de la vida sin despeñarse por el barranco de los lugares comunes; tampoco creo que rizar el rizo de la originalidad conduzca al autor, editor y lector, necesariamente, por la ruta infalible del éxtasis, las ventas y el amor a la siguiente propuesta. No lo creo, pero tampoco lo descarto, porque somos así de previsibles hasta que dejamos de serlo gracias a la maestría, o el cariño, o la inspiración que sólo suministran las horas de trabajo por amor al arte de contar historias y esquivar golpes que, en algunas ocasiones, otros han vivido.

He leído con las pausas adecuadas cada golpe –sí, los golpes se leen y cada párrafo forma hematomas ahí mismo– hasta que los sentimientos rompieron las defensas más allá del ecuador –que forman las páginas– al que Cervantes lleva a su personaje, que sin la GS a mano, pero con el alma en vilo, remueve un mar de sentimientos como ese Mediterráneo que tanto gusta contemplar al otrora madero, que en ese instante determinado dice: “Uno ignora la cantidad de momentos que almacena hasta que dispone de todo el tiempo del mundo para evocarlos”, y ningún margen para restañar las heridas. Y casi nadie puede resistir los embates de ese mar, de ninguno, al menos que ese nadie respire con ayuda mecánica y falto de vida.

Que alguna esquina quede vacante no es una anomalía, (por mucho que duela), simplemente se llama vida.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ