Efecto Espejo. Capítulo 1: ELLA

|Inés Muñoz Aguirre|

Oigo la puerta que se cierra. Giro en la cama. Tengo mucha flojera. Son las 7 de la mañana y hace mucho frío. ¿O soy yo la que tiene frío? Me estiro en la cama. Oigo la llave que gira en la cerradura de la puerta. Me arropo hasta el borde de mi quijada. Mi corazón salta. Escucho sus pasos. Uno, dos, tres, cuatro. Está subiendo la escalera. Me pregunto qué pasó que ha regresado. Doy la vuelta por completo, quedo de espaldas a la puerta. Casi siento el roce de su mano sobre el pomo. Aunque siempre la deja a medio cerrar, siento que todo lo toca. Todo lo impregna con su sudor.

Cierro los ojos. Sé que ya está dentro de la habitación porque el olor de su colonia lo invade todo. Me repugna. Es muy temprano para echarse medio frasco encima. Me cansé de decírselo. Con el estómago vacío casi llego a sentirme mareada. Me pregunto si alguna vez me gustó su olor y ya no lo recuerdo. Puede ser, todo es posible, cuando uno se enamora terminas obviando hasta los mayores defectos.

Sé que camina casi en la punta de los pies para no despertarme. Eso no lo puedo negar, asume siempre todas las consideraciones posibles. En realidad me encantaría que no lo hiciera porque sería mucho más fácil este deseo que tengo de gritar, de quejarme, y por qué no, este deseo de deshacerme de él. Si, tal como suena, deshacerme, como que si fuera un litro de leche vencido que botas en la basura.

Lo escucho, está en el vestier, procuro no hacer ningún movimiento, aunque ya tengo una pierna acalambrada por la mala posición. Escucho como abre y cierra las gavetas y me vuelvo a preguntar qué estará buscando. Tengo la suerte que cada uno tiene las suyas, no soporto que hurgue en mi ropa interior. Él es torpe y desordenado, otros defectos que ignoré, sobre todo cuando mi padre me preguntó si de verdad estaba enamorada. Recuerdo que allí en algún lugar tiene una pistola. Los latidos de mi corazón aumentan. Siento que sale. Está parado en la puerta que comunica el baño y el closet. Estoy segura que me observa. Antes hacía lo mismo con una diferencia, yo lo esperaba desnuda en la cama y el gozaba mirándome. Escucho sus pasos sigilosos sobre el parquet. Se dirige hacia mí. Respira profundo, yo también necesito hacerlo y no me atrevo. Se apoya en la cama, el colchón resiente su peso, crea una onda. Acerca su cuerpo al mío. El aire caliente de su respiración, roza mi cuello…


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ