De lo inevitable y casi invisible

 

|Miguel Ángel Contreras Betancor|

 

Coño, como trabajó ese tipo”. Así, sin medias tintas, le gustaría ser recordado cuando dentro de muchos años se hable, se comente y analice la trayectoria del escritor Leonardo de la Caridad Padura Fuentes, (Cuba, 1955), el ‘padre’ literario de Mario Conde. Y me encuentro con que el vecino del habanero barrio de Mantilla, refiriéndose a cómo surgió la inspiración para dar forma a La transparencia del tiempo (Tusquets, 2018), dice que “uno de los grandes misterios de la creación literaria es de dónde salen las novelas. Creo que no hay una regla, no existe una definición. Esta historia tenía que ver con la Cuba contemporánea.”

Y ahora me toca la vez.

Creo que no me equivoco cuando afirmo que estoy asistiendo a uno de los momentos más brillantes de este género literario, ¿por qué?, pues porque en las últimas entregas alguno de los personajes que concentran la atención del aficionado está atravesando una etapa crepuscular. Andan bajos de defensas, las escasas ilusiones se ven superadas por una realidad –sabia de la que se nutre este ‘remanso’ literario– que se empeña en no darle cuartelillo. Y sí, a veces los malos momentos se transforman el caldo de cultivo de grandes instantes atrapados entre párrafos que atesoran la esencia misma de la existencia, de la propia transparencia del tiempo caribeña o española, si bien, con todos los matices posibles; porque no es lo mismo, ni siquiera se le parece.

A ver, que yo no escondo, ni falta que me hace, (el cariño por Mario Conde) y mi admiración por Leonardo Padura, uno de los grandes escritores; ¡qué digo escritores!, uno de los mejores notarios de una realidad –la cubana- que ha vivido demasiado tiempo envuelta en una neblina fruto de la ignorancia y la mala fe, más que de los efluvios de esas lágrimas que se arrancan a la caña de azúcar. Es más, en este momento viene a cuento recordar a Augusto Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, y podría seguir enumerando esos clavos de tristeza que atraviesan la piel del Conde desde la mano de Padura y que, a modo de foto fija, golpean la retina del lector, pero adéntrese usted en los espacios reservados para la tinta.

Como es habitual desde este espacio, de la trama sólo diré que en La transparencia del tiempo el antiguo policía busca la imagen de una virgen negra que han robado, se cruzan apuntes de la Guerra Civil española y, tal como me dijo Padura hace un año, por fin, el buscador de libros escribe: “Creo que es una posibilidad que no le puedo negar a Conde después de tantos años de convivencia.” Y claro, allí están el Conejo, Carlos, Manuel Palacios y Tamara, el preuniversitario La Víbora y todo el paisaje habanero con esas casas apuntaladas, montañas de basura poblando las esquinas y “aceras y calles recién importadas de la Franja de Gaza”… , de esos barrios de La Habana, invisibles y repletos de ‘inmigrantes’ orientales. Y las ausencias de amigos que suman el temor a otras posibles marchas al gran norte, y la curiosidad por saber si en cierto aeropuerto está presente el aroma de un buen café, porque lo que nos parece algo tan normal resulta excepcional y así lo explicaba Padura cuando se habla de los deseos tan simples como:poder comprar yogur en la esquina de mi casa, porque vivimos entre esas carencias que son tan elementales para otros, pero que en Cuba nos afectan todos los días.”Y ese es el mundo del Conde que refleja la tensión cotidiana: El café que se acaba, el ron que no hay y el dinero que no alcanza.”

¿Y qué es eso de la nitidez?, a lo mejor ver el tiempo “a través de la transparencia de una gota de lluvia suspendida en una rama”.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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