Duérmete niño

 

|ÁNGELES NAVARRO PEIRÓ|

 

La señorita Rosa se ha puesto mala y nos han dicho que los que vivimos cerca, y volvemos a casa solos, nos podíamos marchar. Pero yo no puedo entrar en casa, mamá me ha prohibido regresar antes de las cinco que es cuando acaba la escuela. Creo que lo dice para que no haga novillos, pero ¿y si no?, ¿y si es porque de verdad no quiere que vuelva antes? Y a mamá hay que hacerle caso, yo sé lo que pasa cuando la desobedeces. Sobre todo si ha bebido de las botellas que guarda en un armario detrás de las cosas de limpieza.

Doy un rodeo y me voy a la parte de atrás. La casa es pequeña y, como otras del pueblo, está separada de las demás. Tiene muchas cosas rotas que nadie se ocupa de arreglar. Como el cristal de esta ventana. En invierno, mamá pega un cartón con cinta adhesiva, pero ahora, con el calor, ni eso. Dice que nadie va entrar porque no hay nada interesante para robar. Esperaré a que sean las cinco, aunque no sé cómo me voy a enterar de cuándo son las cinco. Me sentaré en esa silla, también rota, que puedo colocar debajo de la ventana rota, ja, ja, ja. Mamá va tirando lo que se estropea aquí fuera. A mí me sirve para jugar con las muñecas, porque, aunque tengo doce años, y ella dice que ya soy mayor para eso, me sigue gustando jugar con muñecas y con peluches. Sobre todo con el osito de trapo, que tiras de la anilla que tiene en la espalda y suena la música de una canción: Duérmete niño. Duérmete ya… Solo la música, pero yo la canto.

Miro dentro de la casa y veo a mamá que baja las escaleras de madera que dan al altillo. Solo lleva puestas unas bragas. Cuando hace calor, a veces va así por casa. Detrás de ella baja el hombre alto y gordo. Lo conozco, a mí me parece que es malo. Tiene la cara muy roja, la nariz también; creo que así se les pone a los que beben mucho vino. Sonríe enseñando unos dientes amarillos, sucios. Tiene los labios gruesos y la piel le brilla, como si la hubiera untado con grasa. Suda mucho. Una vez vino cuando yo había vuelto del colegio y estaba merendando. Me dijo ¡Qué mona!, con voz ronca y desagradable. Entornó los ojos que se le quedaron como dos rayitas con un punto negro. Me miró fijo. Después me puso la mano en la cara. Mamá le chilló que me dejara en paz, que yo no era cosa suya, pero él le contestó que todo en esta casa era cosa suya. No, no me gusta nada ese hombre.

Que viene el coco y te llevará. Cuando empiezo a cantarla, no me la puedo quitar de la cabeza. Me agacho un poco, no me vayan a ver ellos.

—Tienes que irte —dice mamá—. La niña no tardará mucho.

—Dame antes algo de comer.

Más que hablar, grita. Y se sienta junto a la mesa. Lleva solo los calzoncillos. Qué cuerpo tan asqueroso.

—Solo tengo la cena de la niña.

—¡La niña! Aunque sea un poco retrasadita, ya está dejando de serlo, ja, ja, ja. Está crecidita. Ponme un trago y luego me das la cena de ¡la niña!

¡Me dejé el osito encima de la mesa! Lo ha cogido y lo soba con esas manos sucias. Tira de la anilla: Duérmete niño. Duérmete ya… Que lo deje, no quiero que toque mi osito. Y mi madre no le dice nada. Solo saca una botella de las escondidas.

—Bebe lo que quieras, pero comida no hay.

—En vez de jugar con muñecos, tu hija podía jugar conmigo, ja, ja, ja.

Tira fuerte y arranca la anilla. ¡Me la ha roto! Lo odio. Mamá se le acerca, parece muy enfadada.

—¿Qué has hecho, desgraciao?

—Lo que me da la gana, vieja. Estoy harto, ¿has visto cómo te cuelgan las tetas? Seguro que tu hija las tiene prietas y firmes.

Parece que mamá no se da cuenta de que lleva un cuchillo en la mano. Él se ríe.

—¿Qué vas a hacer? ¿Me quieres matar, zorra?

Tengo mucho miedo. La señorita Rosa dice que el miedo es sobre todo cosa de nuestra imaginación, mejor dicho, lo tenemos a lo que no sabemos. O algo así. Que las personas tememos lo que desconocemos. Por ejemplo, si vemos una casa en ruinas y sopla mucho viento, imaginamos que el ruido que se produce son aullidos. Y no nos atrevemos a entrar. Si entráramos, nos daríamos cuenta de que allí no hay fantasmas, de que todo es fruto de nuestra imaginación. Y nos puso una película antigua, Matar a un ruiseñor, en la que unos niños tienen mucho miedo de un vecino raro sobre el que imaginan cosas, y que al final acaba salvándolos de un peligro real.

Pero esto no es fruto de mi imaginación. Lo estoy viendo. El hombre malo le ha quitado el cuchillo a mamá y lo tira lejos. Se clava en la escalera.

—A mí no me hacen falta cuchillos, puta.

Mamá se echa encima de él. Le araña la cara.

A mi hija la dejas fuera, ¿eh? Ni tocarla.

Él sigue riéndose.

Me agacho todo lo que puedo. No quiero mirar. Me pongo a cantar bajito. Pero, aunque no quiero mirar, levanto la cabeza y miro. El hombre malo agarra a mamá por los brazos y le da un empujón muy fuerte. La tira. Y la cabeza de mamá suena cuando da con el borde de la mesa.

Ahora mamá está en el suelo. No se mueve. La cabeza doblada encima de un hombro como si no pudiera sujetarla.

El hombre malo viene hacia la ventana. Canta con su horrible voz la canción de mi osito. Me agacho más y más, incluso me meto debajo de la silla rota.

Que viene el coco y te comerá.


©Texto: Angeles Navarro Peiró

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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