Saber hacer, saber llegar

|MIGUEL ÁNGEL CONTRERAS BETANCOR|

¿Acaso un personaje literario tiene la obligación de ser el alter ego del autor? No. Y quien diga lo contrario demostrará que tiene una opinión diferente a la mía y entonces –si ello fuera posible– podríamos entablar una discusión que desembocaría (me pierde el optimismo) en una amistad que sólo otra novela podría romper… o afianzar.

Imaginemos que estoy en posesión de la verdad, que mi parecer es el acertado y por lo tanto, se descarta el latinajo como compañero de fatigas y el lector comienza a navegar por las líneas que hacen párrafos, que generan capítulos; y va del uno al otro según las normas… y…

Me detengo en el bar de Damián al que sólo van los viejos, “los que aún somos capaces de nombrar las tiendas que han desaparecido, a los que han muerto en la diáspora” (…). Me gusta, ¡coño! que voy por la página diez, (hay navíos que zozobraron en los créditos) pero sigo leyendo y me da la impresión de que estoy frente a un tipo, a un señor que, efectivamente, es muy interesante, y creo que a Justo Ledesma se le sube la sapiencia y hace un alarde –tal vez innecesario– de tanto conocimiento adquirido para compensar el que le fue vetado en tiempo y forma. Y me pregunto ¿no será que los personajes que tienen mucho y bueno que decir, se escapan del control parental (del autor)? Continúo.

Y ahora digo que una de las aportaciones de Justo, (Alrevés, 2018) que me ha gustado tiene que ver con esos trazos, casi subrayados, el pase cortito y al pie –referencia de quienes una vez gustamos del fútbol– que habita en la novela de Carlos Bassas del Rey:

A la muerte.

A pudrirse.

La felicidad no existe.

La maldita búsqueda de la felicidad solo genera infelices.

El otro aspecto a destacar, es la opción que elige el escritor barcelonés de que Justo se dirija al lector, le explique, por ejemplo, quién es él. En este caso, soy partidario de usar el singular, porque genera mayor complicidad con el leedor; al fin y al cabo, saborear los textos es un placer que se practica en solitario. Pero claro, es otra opinión, y afirmo, por si gentes de corazón sensible están armando una hoguera purificadora, que me puede la ética más que la estética.

Y a la página 45, bajo el título de Otro inciso, quería llegar, porque es ahí donde se produce una inflexión, donde el personaje me atrapa, ¡y tanto es así!, cuando unas hojas más adelante se descuelga con: “La conciencia es un tumor que no se puede extirpar, o naces sin ella o…” (siga usted).

Podría hablar de Remedios, podría; incluso de la amistad que responde a los nombres de Damián, Julián y Olga; también podría hacerlo, porque en algunos casos, “los hombres buenos caben dentro del puño de un niño”. Así mismo, debería detenerme en esa Barcelona cuyas calles “están llenas de muertos de izquierdas asesinados por verdugos de izquierdas”, y alguna que otra referencia de una Ciudad Condal que se ha transformado en un lugar hostil. También podría hablar de eso, pero será mejor –y siendo justo– que usted lea Justo.

No obstante, no quiero pasar por alto que debo ralentizar la marcha, porque el alma salta hecha añicos, porque hasta ahora estuve leyendo sobre un tipo ‘justo’, y cuando creo tener todas las claves, Carlos Bassas del Rey –que sabe hacer, que sabe llegar– me sujeta; ya no hay pesadillas, lo que aparece es un hombre sin número y un gran, tran, tran. Tran, tran. “No quedan ni diez justos en Sodoma”.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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