Sicarios sin un dios

 

 

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Conocí al escritor a través de esa red social que inventó un tipo que siempre viste de gris y cuyo apellido recuerda a una sustancia cristalina que se disuelve en el café. ¿Y después? Bueno, digamos que interactuamos desde una perspectiva respetuosa –con vistas a través de una ventana tributaria– y claro, ese roce binario ha ido cimentando una relación que, estoy seguro, acabará en algún momento de una forma abrupta: porque te enredas o porque la vida es así.

¿Algo más? Pues de tanto que va el cántaro a la fuente del post, hice la llamada telefónica a mi librero para encargar un ejemplar de ‘La misericordia del verdugo’ (Cuadernos del Laberinto, 2018): el desenlace era impepinable.

¿Qué cuándo voy a referirme a la novela? Vamos al lío y que fluyan las líneas.

Los comienzos son difíciles y algunos lo son más cuando sabes que tienen una vida finita como es el caso que me ocupa. Sé que lo fácil sería comenzar afirmando que los tres primeros capítulos me suministraron una razonable dosis de adrenalina, pero también era consciente que un servidor no se conformaría con un tiroteo en el Red Dog, ese lugar que no era otra cosa que “un depósito de viajantes, parejas fugadas, aventuras de homosexuales y gente perdida”. Lo que estaba buscando lo encontré en una muesca –llamemos virtual– que Coburn se apuntaba en el debe de sus remordimientos. Por ahí vamos bien.

Si Coburn está o estuvo inspirado en el actor Lee Marvin es un asunto, que leída la novela, tiene poca importancia porque el personaje creado por Pablo García Naranjo me ha hecho olvidar cualquier parecido con la ‘realidad’ del celuloide. Y me estoy refiriendo a la concepción de la moral –no se espante al leer esto– de un sicario con unos cuantos muertos en su currículum que huye sin mucha convicción pero que dadas unas determinadas circunstancias (el pasaporte que le dan a uno del pueblo) eleva su voz para cuestionar los métodos ‘salvajes’ que se desarrollan en su presencia. Demanda que usar una vía más rápida en forma de bala ofrece una cierta dignidad en momentos tan brutales, afirmando que es la misericordia del verdugo lo que “nos separa de los monstruos”.

Pero si toda la atención pivota en torno a Coburn, no es menos cierto que la irrupción de Knoll, uno de sus perseguidores, va en la línea que apunto más arriba, con ese instante de respiro en el que este asesino a quien la demencia de un ser querido –no busque la lágrima fácil, porque Pablo no va por esos derroteros– consume gran parte de sus energías, susurra la impotencia que siente al no poder aliviar el quebranto de quien tanto le quiso. “Hoy he matado a un hombre” que no merecía morir, y prosigue diciendo, “No soy un Dios (…) y aunque “puedo arrebatar una vida, soy incapaz de dar le paz a la persona que más quiero”. 

Coburn y Knoll –y Quint, Bedlam y… – uno más que el otro, se mueven por un entorno asfixiante; uno con el propósito a todas luces imposible de borrarse de la memoria de otros que ansían su cadáver. No sé si en el fondo el primero busca un atisbo de redención a base de parchear cuando dice que, tal vez, no “sea tan malo hacer algo bueno alguna vez”, mientras que Knoll está cumpliendo con la mente puesta en el regreso al hogar, al menos por un rato.

La novela nos habla de la brutalidad de los narcotraficantes, de la corrupción de los servidores públicos, de esa ingente cantidad de ‘corderos’ que balan mientras fichan a la entrada de la fábrica, con o sin moqueta y a quienes si usted le pregunta por qué son así, algunos podrá responder con un “¿por qué no?”.

No obstante, nunca debe perder la esperanza a menos que esté convencido de que este juego sólo pueden ganarlo los tipos buenos. Si es así, está perdido; si es así o todo lo contrario, no se olvide que todas las muertes terminan con un largo suspiro… porque los sicarios, por mucho que quieran, no tienen un dios que les aparte del punto de mira. Por ahí andará Coburn de la mano de Pablo García Naranjo.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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