El dolor de la urbe

 

|Miguel Ángel Contreras Betancor|

 

En la novela Los ojos del puente (M.A.R. Editor, 2015), Javier Hernández Velázquez dedica su trabajo “A mi ciudad (…) porque sin ella no logro definirme, ni explicarme”. Efectivamente, la ciudad de Santa Cruz de Tenerife es una constante en la obra negrocriminal del autor canario, urbe por la que transita y sangra Mat Fernández, el personaje –que no alter ego– creado para el disfrute de lectores, lamento de algunos malhechores y hasta del propio investigador privado.

Si poca discusión cabe en torno a que las ciudades son los epicentros donde mejor se ambientan las tramas negras y policiales, –la opción rural, en otro momento– los autores que optan por centrar sus historias en donde se dieron los primeros golpes, besos y carreras para huir de algún malentendido, viven una situación de ambivalencia –transitoria, permanente o medio pensionista– y Javier no iba a ser menos. En el título que abre esta pieza, la capital santacrucera tiene un problema, y es que a pesar de que la lluvia haya parado, eso no mejora el panorama: “Después de haber descargado el cielo sobre calles, azoteas (…) e incluso sobre el Ayuntamiento y el Cabildo, nada parecía limpio en Santa Cruz”, leyendo Nunca bombardees Pearl Harbor (M.A.R Editor, 2018) Mat Fernández nos cuenta que la ciudad gana en belleza cuando las nubes se vacían hasta el punto de que “El agua limpia el polvo y barniza la corrupción y la pobreza”. Escrito lo cual, me pregunto lo de la ambivalencia y me siento desvalido.

No se equivoque y piense que me he liado, que la vida ha mejorado, que los corruptos han sido derrotados y la serenidad que otorga la conciencia tranquila vive para siempre entre nosotros: Ocurre que en alguna ocasión el alma pide calma. Sucede que antes o después el dolor que uno siente por la urbe, su ciudad, reclama un espacio para los recuerdos amables. Pasa, que los paseos con el abuelo y el vaso de Mirinda o los recorridos dominicales con el padre hasta el Puerto para ver los patos, orgulloso del bicornio hecho con unas hojas del periódico dominical, son recuerdos, que de olvidarlos, nos hacen más pobres, más tristes.

Leer los capítulos que estructuran Nunca bombardees Pearl Harbor es asistir a la proyección de una película, y hago tal afirmación porque rezuman cine por los cuatro costados, y además, coincide con ese cine del que disfruté en la tierna infancia en el patio de butacas del palmense Cine Sol como testigo mientras daba buena cuenta de no sé cuántos Baya-Baya de naranja –una marca canaria de refrescos con las que saciamos la sed un montón de chiquillos en las décadas de los sesenta y setenta–. Devorar los párrafos es reencontrarse con Sergio Leone y el spaghetti western y hasta con una frase: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. Siguiendo el recorrido del celuloide, el lector descubrirá que en Esplugas de Llobregat (Barcelona) existió un poblado del Oeste, una estructura para rodar películas.

Como decía, en esta nueva entrega de Mat Fernández casi me paso el tiempo esquivando esquirlas producidas, tanto por algunos disparos, como sobre todo, por las reflexiones llenas de mala leche de un investigador, vecino y asirocado isleño, que está más que harto de tanta miseria. Ya me dirá usted qué cuerpo se le queda cuando, mientras el oriundo del barrio de Duggi toma un café, oye a un político defender que “Por encima de todo (ley incluida), se debería respetar el triunfo de unos prevaricadores deshonestos”. Añado (sin temor alguno) que la corrupción es un estado del alma: Igual cuela.

Podría hablar de que el detective con la licencia congelada viaja hasta esa Ítaca delirante (Cataluña) en pleno proceso de descomposición, porque el trabajo, como el corazón, conducen las vidas de aquí para allá. Hasta el punto de que en plena investigación por tierras barcelonesas, el hombre que se refiere a los ojos de una dama afirmando que “eran tan profundos que nunca saldrías si caías dentro”, escucha la sentencia con relación al periodismo –ese supuesto poder que se ha vendido por un anuncio a cuatro columnas– que fue un invento de San Pablo, quien definía la fe como la “sustancia de las cosas que esperamos” y la evidencia de las que no vemos. Optimismo a raudales. Y llega la hora del cierre.

Si me apuran, que no es el caso, debería comentar que el corazón de Mat no olvida ni se rinde a pesar de que se puedan heredar los pecados del padre, un obstáculo que nunca debe entenderse como insalvable, porque la redención existe por algún motivo.

Podría mencionar esos otros guiños cinematográficos, Tony Scott mediante. Entrar al trapo con la hipótesis de Duncan McDougall y el peso del alma, pero eso será mejor que usted lo disfrute o lo que sea, con un ejemplar de Nunca bombardees Pearl Harbor, y si puede, eche un vistazo a la pared más próxima, igual se encuentra con un póster de Clint Eastwood, de Lee Van Cleef o se sorprende mirando a través de los ojos de Henry Fonda.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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