Todo en la vida se paga

|Lorenzo Lunar|

-Dos y dos son cuatro…

León Canelo cuenta las pilas de monedas acompañado de aquel cantico que ha logrado rescatar de la negrura de su memoria. Aquel que aprendió en su infancia cuando papá y mamá eran cosas posibles, quizás ciertas; antes de que pasara la vida. Cuando aún Dios existía.

-Dos en el abdomen y dos más en el pecho-. Comienza el conteo el forense. -Una que pasó cerca del hígado y otra que perforó el bazo, una que cercenó el pulmón derecho y otra al corazón, con esa bastaba. Cuatro y dos… Continúa el conteo que culminará en dieciséis.

Llevaba en sus venas más de la mitad de sangre china. Su padre había escapado por el puerto de Jiangtian en el año cincuenta y tres, escondido en la bodega de un barco noruego, huyéndole al comunismo, y acabó su vida en este barrio, respondiendo al nombre de Manuel y pronunciando, en el momento postrero, una frase en chino que el paisano que lo asistió en su último aliento tradujo, entre el humo del incienso, como: “tanto nadal pa molil en la olilla”.

Su madre, nieta de culí, había sido estrella del teatro chino en La Habana; pero en una gira por el interior se metió en un circo y acabó debajo de un negro comecandela que estuvo dándole picha y golpes hasta que ella se aburrió y fue a buscar cobija junto al buen Manuel, quien le diera consuelo y aquella hija preciosa protegida desde su nacimiento por San Fancón, ese santo de los chinos que es más fuerte que la misma Santa Bárbara bendita.

Cuatro y dos son seis… Canta bajito León Canelo y en sus encías rosadas aparece una mueca que se puede traducir como una sonrisa. Sonríe y canta. Y lleva la cuenta de las pilitas de monedas que reúne en un rincón, debajo del puente que le sirve de techo desde que perdió casa, razón y vida.

León riega con alcohol el piso de su casa, empapa el colchón de la cama, esa cama en la que ya su María no se deja ni siquiera tocar. Reniega de todos los santos, inmóviles sobre el altar de satín escarlata, y los baña con el líquido. Moja las pajillas de los muebles de la sala, la mesita donde prometió a su mujer ponerle un televisor ruso aunque tuviera que trabajar cien horas extras en el mes… ¡Comemierda, el que tenga tienda que la atienda y si no que la venda!

León se sienta en la acera con la caja de fósforos en la mano derecha y en la izquierda la botella de alcohol, bebe un trago y con el resto se moja el pelo, se unta el pecho, embarra sus ropas.

-¡Maricón, no tienes cojones para darte candela! ¡Eres un tarrú y un pendejo, por eso este no lo tocas más nunca en tu vida!- Y su María se frota la entrepierna y le saca la lengua. Los vecinos se aglomeran alrededor. Uno le arranca la botella de la mano. Otro le quita la caja de fósforos.

-¡Total si ese no tenía valor ni para matarse! ¡Caballero, a dónde llega un hombre cuando le pegan los tarros!

Y dos más en el vientre son seis. El médico forense revisa entre los muslos ensangrentados de la mujer, los separa y mira. Y dos que cercenaron los labios exteriores hasta perforar la vagina, son ocho. Y se limpia la sangre de las manos con el ropón verde.

Tenía en la sala de su casa un altar al santo de los chinos. Cuando todavía era una chiquilla, sorprendió a Gervasio Espejuelos de Palo, mirándola por un hueco de la pared de madera del baño colectivo. Dicen que salió desnuda al pasaje y que injuriaba al mirahuecos con una retahíla de maldiciones chinas de las que solamente se podía entender claro el nombre de San Fancón. A los tres días el ojo derecho de Gervasio era una bola de sangre que se salía de su cuenca, al mes un hollejo seco y negro que se desprendió para siempre.

Anselmo Gato Flaco comenzó a ser en el barrio Anselmo Mano Muerta desde aquella vez que, en nombre de San Fancón, La China lo maldijo porque intentó tocarle una teta aprovechando el tumulto de una cola para comprar masa de croquetas.

Por eso todo el mundo en el barrio la respetaba. Por eso podía mantener su negocio sin necesidad de un chulo que velara por ella.

y ocho dieciséis. Canta alegre León Canelo y acaricia los lomos de la pareja de perritos enganchados que jadean en medio de la mezcla de dolor y placer que el sexo les concede. Canta y acaricia a la perrita, y se soba la picha. Se soba y sueña con su María y con mil mujeres más. Piensa en La Cuqui, en Cleopatra y en todas las putas sabrosas del barrio y las junta en su pensamiento con su María puta, porque de las mujeres ninguna sirve, porque todas son iguales. Los perros aúllan y se separan. León Canelo se caga en Dios.

¡Dieciséis! Ocho puñaladas más, repartidas por el resto del cuerpo, desde los muslos hasta la cabeza. Despojo de mujer hermosa, de cuerpo perfecto. Totalmente desnuda sobre la mesa de aluminio. Desnuda como aquella tarde cuando, parodiando a la heroína de la novela brasileña de turno, salió en su bicicleta china por el barrio para mostrarles a todos su cuerpo blanco y perfecto, sus nalgas duras, sus muslos largos, sus tetas firmes; haciendo acrobacias sobre el sillín, como su madre en aquellos tiempos de cirquera que le siguieron a los de estrella del teatro chino de La Habana.

Los hombres del barrio aglomerados frente a la puerta de su casa, la escucharon cuando, con las piernas semiabiertas y la piel resplandeciente por el sudor, dictó la declaración de principios que le permitirá atravesar el Período Especial sin las penurias de la mayoría.

-Mírenme bien ahora, que en lo adelante quien quiera hacerlo va a tener que pagar. Y el que quiera tocar pagará más. Y el que quiera coger esto ya sabe. ¡Y mucho cuidado, que nadie se equivoque, que yo tengo a San Fancón cogido por los guevos!

Y el forense cubre el cuerpo y sale a fumar un cigarro.

¡Dieciséis! Dieciséis pilitas de monedas. Cada pila de cinco pesetas. Dieciséis pesos. Dieciséis números de la rifa. Dieciséis esperanzas de tener el cuerpo de una puta enganchado al suyo, jadeando los dos, como los perritos. Dieciséis sacrificios reunidos uno a uno desde que supo que ella se rifaba diariamente con el número de la lotería de Miami. Dos panes con tortilla, seis refrescos de sirope, cuatro panetelas, dos croquetas y dos empanadas a las que renunció, poco a poco, de la miseria que dejaban las buenas personas en su cajita de limosnero. Dieciséis pesos robados a San Lázaro.

León Canelo pide limosnas en el nombre del santo, pero no cree en él. Si algún santo lo protegiera no estaría viviendo esa vida de perro, tendría aún su casa y aquella María fiel y cariñosa.

Dieciséis es su número de suerte.

¡Dieciséis!, anuncia una voz en la radio.

¡Dieciséis!, confirma el murmullo del barrio.

Dieciséis y el perro aúlla cuando siente el olor de la hembra cercana.

Dieciséis y ella no puede evitar que se le revuelva el estómago.

Dieciséis razones para negarse a cumplir un compromiso: que estás loco y eres un vagabundo, que no te bañas, que vives debajo de un puente y apestas, que hace diez años no te cambias de ropa, que no tienes dientes y tu boca hiede, que tienes gonorrea, que tiemplas con las perras…

Dieciséis puñaladas, delante del altar. Dieciséis heridas, una por cada agravio, cuando ella vino a ver qué ruido era aquel que sintió en la sala. Confiada, “debe ser el viento, no puede ser ningún ladrón, la casa está enrejada y aquí en este barrio todo el mundo me conoce y sabe lo que me resguarda”.

Pero existen más de dieciséis maneras existen de entrar en una casa ajena. Un perro sabe esperar el momento oportuno, el descuido, la puerta entreabierta. En la confianza está el peligro. Y se escurre silencioso mientras la gente camina desapercibida por la calle entre dos luces.

Dieciséis gritos que piden auxilio, que imploran la ayuda del santo, réplica de Santa Bárbara bendita, inventado por sus bisabuelos como guardián protector cuando llegaron a esta tierra extraña.

Dieciséis veces sube y baja el brazo de León Canelo ante la vista helada de San Fancón, incapaz de detener la mano que empuña la espada dorada, ancestral atributo del guerrero chino.

Dieciséis puñaladas al cuerpo de La China, al de María, a los cuerpos de todas las putas del barrio. Una puñalada por cada burla, por cada injuria:

-Para que aprendas, puta, para que veas que yo sí tengo cojones.

Después el alcohol, los fósforos… Uno, dos…

Cuando llegaron los vecinos ya las llamas se levantaban hacia el techo.


Lorenzo Lunar Cardedo (Santa Clara, Cuba, 1958) ha publicado las obras: El último aliento (cuentos, Ediciones Capiro, Cuba, 1995); Cuesta abajo (relato, Editorial Capiro, 2002); Que en vez de infierno encuentres gloria (novela, Ediciones Zoela, España, 2003 y Ediciones Unión, Cuba, 2005); De dos pingue (relato, Ediciones Capiro, Cuba, 2004); Polvo en el viento (novela, Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2005); El preso de la celda “raíz cuadrada de 169” (relato, colección La Casa Ciega de la Editorial EDAF, España, 2005); La vida es un tango (novela, Editorial Almuzara, España, 2005 y Ediciones Unión, Cuba, 2008); Ein bolero fur den kommisar (novela, Hamon Verlag, Austria 2006); Usted es la culpable (novela, Editorial Almuzara, España, 2006); El lodo y la muerte (cuentos, Ediciones Capiro, 2007); La niña de cristal (novela para niños, Capiro, 2008); Bolero noir á Santa Clara (novela, Latinoir, Francia, 2009); Olor a canela (cuento, Editorial Gente Nueva, 2009); Dónde estás, corazón (novela, Editorial Almuzara, España); Pequeñas miserias cotidianas (minicuentos, Ediciones San Librario, Bogotá, 2010). Ha obtenido, entre otros, los reconocimientos: premio nacional de novela policial “Aniversario de la Revolución”, Cuba, 1996; premio internacional de relato policial de la Semana Negra de Gijón, España, 1999, 2001 y 2005; premio internacional de relatos policiales de la AIEP de Bulgaria, 2002; premio Brigada 21 a la mejor novela negra publicada en castellano en España durante el año 2003 por la novela Que en vez de infierno encuentres gloria y en el año 2007 por Usted es la culpable; premio Novelpol 2003 a la mejor novela negra publicada durante el año por la novela Que en vez de infierno encuentres gloria; mención especial del jurado del premio Hammett iberoamericano 2003 a la novela Que en vez de infierno encuentres gloria; premio Plaza Mayor de novela, 2005; premio Oriente de novela en el año 2009; premio nacional de poesía Ciudad del Che, Uneac de Villa Clara, 2010 y premio La pluma de cristal, concedido al escritor más leído en el país durante el año 2012.


© Texto: Lorenzo Lunar

© Publicación: Revista CONTRALUZ

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