Novela negra africana

 

 

|Antonio Lozano|

Hace tiempo ya que la novela policíaca dejó de ser un mero divertimento. Los tiempos en que al lector se le invitaba a ser más listo que el autor, a sortear las trampas que éste le ponía en el camino de la lectura para mantenerlo distraído y en vilo mientras tuviera la novela ante sus ojos han quedado atrás. Para evadirse de la realidad se inventó la tele, y esta cumple su cometido de manera tan cutre como eficaz.

La novela policiaca se hizo novela negra justamente al dejar de lado la trama de la intriga como elemento esencial y poner ésta al servicio del análisis crítico de la realidad política, económica o social.

El apellido de negro le viene al género por la famosa revista pulp Black Mask, que aparece en los años 20 en Estados Unidos y que acoge, entre otro tipo de relatos, historias de detectives, algunas de ellas de los que serían más tarde los autores estrellas del género. Por otro, la aparición en Francia de la famosa Série Noire de la editorial Gallimard, un nombre elegido por el poeta Jacques Prévert para acoger en un principio a los nombres más relevantes de esa literatura que ya hacía furor al otro lado del Atlántico, y más tarde a aquellos europeos, fundamentalmente franceses e ingleses, que se unieron al movimiento.

Pero también por los oscuros entresijos sociales en que se mueven sus personajes y transcurren sus historias. En efecto, el detective ha dejado de ser un ejemplo de honestidad, y su misióndista mucho ahora de tranquilizar a las almas bien pensantes y promover la seguridad de los principios burgueses. Puede ser tan truhán, o más, que los criminales a los que persigue, y sus andanzas dejan al descubierto una sociedad cuyo ejecentral gira en torno a la corrupción, la inseguridad, el crimen y la violencia. La novela policíaca, pues, al hacerse negra, se torna social, en cuanto que empieza a describir lo que ocurre en la sociedad, y ello en sus aspectos más crudos, más sórdidos.

El fenómeno nace en los EEUU y se traslada a Francia e Inglaterra en los cuarenta, pero es en los setenta y ochenta cuando se va extendiendo por el continente como la nueva novela social, iniciando un viaje que la llevaría finalmente por todo el planeta. En América latina, el género ha encontrado en las dictaduras y sus secuelas y en la corrupción política y policial temas sobrados en los que cebarse. Y en Asia, autores como Qiu Xiaolong y su serie sobre el inspector Chen, que arranca por la más que recomendable Muerte de una heroína roja, hablan a las claras de que aquel continente tampoco es una excepción en la elección del género por parte de los escritores que tienen algo que decir sobre la realidad social de sus países respectivos.

Y tampoco lo es, desde luego, en África. Es cierto que allá es un género naciente y por el que aún no han optado tantos escritores como en este lado del mundo. Pero también lo es que nació directamente, sin preámbulos, con el sello de novela social que ya había adquirido el género negro en el resto del mundo.

Como en tantos otros aspectos, procede diferenciar el África magrebí del África negra. Y si empezamos por el África magrebí, no me queda más remedio que mencionar, en primer lugar, a Yasmina Khadra. Como nativo de aquella parte del mundo, no puedo más que interesarme por lo que en ella ocurre, y la guerra civil de Argelia me mantuvo en vilo mientras duró y lo sigue haciendo ahora, en sus coletazos, espero que últimos. De modo que seguí en los medios las muchas malas noticias que llegaban. Pues todo lo que leí, vi y escuché en esos años no lograron acercarme tanto a la realidadargelina de esos años como lo hizo el comisario Llob de Yasmina Khadra. Él no es, hoy, un escritor de novela negra. Pero llegó a la fama por medio de sus primeras novelas que sí eran del género. Y lo eran porque lo primero que, como escritor, necesitaba contar, era su visón de una Argelia desgarrada entre la putrefacción del FLN y el fanatismo del FIS. Cuando contó todo lo que tenía que contar sobre la cuestión, dejó la novela negra y mató al comisario Llob. Y se adentró en otras literaturas, pero fueron los lectores quienes lo obligaron a regresar y a hacer resucitar al protagonista, en la última novela de la serie, La parte del muerto.

Argelia ha dado otras voces al género. Su nacimiento en el país se suele situar en el año 1970, fecha de la aparición de varias novelas de espionaje de Youcef Khader, que es en realidad un escritor francés llamado Roger Vilatimo, a pesar de lo cual todos los estudiosos lo sitúan en la literatura argelina por su temática y por la importancia de su obra para el desarrollo del género en el país. Su protagonista, SM 15, recogiendo sus propias palabras, “lucha por la supervivencia de los hombres de su raza, por el derecho a la vida de millones de seres humanos en todo el mundo, contra los enemigos declarados del mundo árabe (léase Israel y EEUU), contra el imperialismo y el neocolonialismo”. Con esto queda todo dicho sobre el nacimiento de la novela negra argelina como novela política, y ahí están Abdelaziz Lamrani y su Piège à Tel Aviv para confirmarlo. Este pone en movimiento a Emir 17, otro agente secreto como su colega SM15, que, como éste, no tiene nada que envidiar a James Bond y sus coetáneos occidentales, salvo en una contención en el terreno de los sexual de la que 007, ya losabemos, carece absolutamente. Vienen después Djamel Dib –que recupera un personaje muy popular en el cine argelino, Tahar, para crear a su personaje Antar–Salim Aissa, con su Adels’en maleo Mimouni, o Rabah Zeghouda. Con Double Djo pour une muette.

Pero la aparición de Yasmina Khadra significa un cambio radical en el panorama de la novela negra argelina, tanto desde el punto de vista de las temáticas como de la calidad literaria. En general, la crítica sólo salva de una cierta mediocridad del género a Djamel Dib y sitúa a Yasmina Khadra a una distancia considerable con respecto a sus antecesores. Con su primera novela, Khadra revoluciona el género en Argelia, y con la segunda, La foire des enfoirés, confirma que ha nacido un gran escritor… o escritora, porque mucho críticos se inclinan por pensar que es una mujer la que se esconde tras el seudónimo. Los tres títulos siguientes del comisario LLob, Morituri, Doble blanco y El otoño de las quimeras, son publicados en Francia, se venden como rosquillas y dan fama internacional a su autor, que termina desvelando su identidad: la del comandante del ejército argelino Mohamed Moulesehoule. Las novelas del comisario LLob está. disponibles en castellano, salvo las dos primeras, que pasaron sin pena ni gloria y de las que el autor no se siente especialmente orgulloso.

No podemos cerrar la cuestión argelina sin hablar de otro grandísimo escritor, ganador de la Feria de Francfurt 2011 del premio de los libreros, el prestigiosísimo premio de la Paz, cuya primera novela es una incursión en la novela negra y, de la mano de esta, en la realidad política de su país. Se trata de Boualem Sansal y de su magnífica El juramento de los bárbaros, que les recomiendo fervientemente porque está además disponible en castellano en Alianza. Costa Gavras estuvo a punto de rodar una película basada en esta obra, con guión de Semprún. Otra de sus novelas traducidas al castellano es La aldea del alemán. Beréber y defensor de la causa de su pueblo, su crítica al régimen y al integrismo lo hacen vivir en una situación de amenaza constante, ya que ha renunciado de momento al exilio.

L’inspecteur Alies otro de los clásicos del Magreb, hijo del gran escritor marroquí Driss Chraibi. En la década de los noventa, cinco libros del inspector Ali vieron la luz. Tampoco se trataba en este caso de un autor de novela negra, sino de la incursión del escritor en un género propicio para radiografiar su sociedad y abordar, a menudo desde el humor, una cuestión que le era muy querida, la de la confrontación cultural entre Oriente y Occidente. En su última novela, L’homme qui venait du passé, se encarga de dilucidar el crimen de un hombre encontrado en un pozo en el patio de un riad de Marrakech: la víctima termina siendo ni más ni menos que Osama Bin Laden. El inspector Ali, destaca, sin duda alguna, muy por encima de sus colegas marroquíes.

Otro escritor francés, como el caso de Youcef Khader en Argelia, nacido en Casablanca y afincado en Marruecos, es considerado como clave en la novela negra marroquí: Jean Pierre Koffel. Entre sus títulos más importantes figuran Des pruneaux dans le tagine, Pas de Visa pour le paradis d’Allah, L’inspecteur Kamal fait Chou blanc.

La novela negra marroquí no da para mucho más: otros dos autores, que comparten apellido, Miloudi Hamdouchi y Abdelila Hamdouchi cierran la lista. Miloudi es un antiguo comisario apodado Colombo y considerado insobornable. Cuando ejerció en Tánger, se distinguió por detener a varios peces gordos metidos en asuntos turbios, tráfico de drogas entre ellos. Por infringir la costumbre de dejar en paz a los notables, fue apartado del servicio en 1993, pero rehabilitado en 1998. Para matar el tiempo, se dedicó a la escritura en esos años difíciles: “si no hubiera sido policía, no habría escrito novela policial, pero habría escrito de todos modos”, dijo en una ocasión.

Mejor prensa que su homónimo tiene Abdelila Hamdouchi. El crítico Brahim El Khattib, traductor de Borges y Goytisolo, ha dicho de su novela La mouche blancheque “es la mejor, sin ningún género de dudas, que se haescrito hasta aquí.” En la trama, que se sitúa entre Tánger, Agadir y Casablanca, se entremezclan temas como la inmigración clandestina, la rivalidad entre agricultores marroquíes y españoles, el crimen organizado, en un intento de acercamiento a la realidad del país a través de la novela. El autor se queja del escaso eco de la literatura policial en su país, aunque, llevadas a la televisión, sus obras han tenido éxito. Un éxito que, sin embargo, no repercutió en las ventas de sus libros. “Es extraño”, afirmó el autor, “al principio pensé que los telefilms harían publicidad de mis libros. Descubrí que soñaba.”

El tercer país del Magreb, Túnez, parece no haberse subido aún al tren de la novela negra. Desde los años noventa sólo se han publicado una docena de novelas policiacas, sin que ninguna de ellas despierte el más mínimo interés entre el público o la crítica. En ese desierto que atraviesa el género destaca sin embargo Kamel Ghattas, que publica Mystification à Beyrouth en 1978, uniéndose a los esfuerzo de sus colegas argelinos para denunciar la política israelí frente al mundo árabe y particularmente frente al pueblo palestino.

El género, en África negra, también nace ligado al análisis social. Yo distinguiría aquí, hablando de los autores francófonos, entre dos de los polos de producción del género: el África occidental por un lado, con Senegal y Mali a la cabeza, y el África Ecuatorial, donde los dos Congos dominan. Por otra parte, la literatura africana no francófona también ha recurrido al género en algunos países.

Les propongo centrarnos en algunos de los autores más significativos de ambas zonas. Podríamos fijar la fecha de arranque en 1984, cuando Abasse Ndione publica en Senegal su primera novela, La vida en espiral, aunque fuera escrita varios años antes, y un autor maliense, Modibo Sounkala Keita, hace lo propio con L’archer basará. En ambos casos se trata de novelistas que recurren al género para fustigar los poderes públicos de sus respectivos países, y por ello comentábamos antes que la novela negra nace en África vinculada a la crítica social.

Abasse Ndione nace en 1946 en Bargny, un pueblo cercano a Dakar donde su padre era un pequeño comerciante. Inició sus estudios en la escuela coránica pero su padre los llevó después, a él y a algunos de sus hermanos, a la escuela francesa. Estudió enfermería y ejerció esa profesión hasta pedir una jubilación anticipada que le permitió dedicar más tiempo a la escritura. El primer fruto de ese trabajo es La vida en espiraluna novela que tardó ocho años en ser editada y que tuvo que salir en dos entregas. El tema central es el consumo de cannabis en el país, que allí recibe el nombre de yamba. Nada fuera de lo común, salvo que el protagonista, componente de un grupo de amigos que pasa la mayor parte de su tiempo fumando para evadirse de una realidad económica y social aplastante, decide que la vida está hecha para disfrutarla y que la única manera de obtener el dinero necesario para ello es hacerse traficante. Su nueva vida lo lleva por derroteros con los que no había contado. La venta a gente como él, pobres diablos sin futuro que buscan en la yamba consuelo, iba a ser el primer paso. Después vendrán políticos, ricachones, blancos acomodados en el país y hasta líderes religiosos. Su paso por la cárcel le hará comprobar que hasta en el infierno existe un rasero para quien tiene dinero y para quien no lo tiene. La novela constituyó un éxito en el país, pero también un escándalo, aunque, una vez pasada la marea de indignación que invadió a los poderosos fumadores de yamba, el libro pasó a formar parte de laslecturas obligatorias en los centros de secundaria. La novela fue publicada, años más tarde en la Série noire de Gallimard. Poco antes lo había hecho Agence Black Bafoussa, la primera novela negra africana en ser publicada en Francia: volveremos a hablar deella.

Ramata es la segunda novela negra de Abasse Ndione. En ella el autor tampoco se queda corto al dejar al descubierto la corrupción y el abuso de poder de la clase dirigente senegalesa. Ramata es una bella mujer, esposa del poderoso ministro de justica de su país, marcada por haber sufrido, siendo niña, la ablación genital que la sociedad tradicional reserva a las mujeres. El recorrido dramático que hace Ndione por su vida es un recorrido crítico por la sociedad senegalesa. En una ocasión le dije a Ndione que me sorprendía que hubieran calificado sus novelas de negras, y me contestó que el primer sorprendido fue él. Por muy negra que sea la realidad que describen, ni La vida en espiral ni Ramata poseen los ingredientes mínimos del género, y el propio autor afirma que jamás se le hubiera pasado por la cabeza que estaba escribiendo polar, como lo llaman los franceses, y que esa clasificación es más debida a cuestiones editoriales que otra cosa. Pero como, novela negra o no, ambas han pasado a la historia del género en África negra, no seremos nosotros quienes llevemos la contraria a quienes así lo han decidido.

En el mismo año en que aparecía La vida en espiral en Senegal, otra novela se unía a ella para dar el pistoletazo de salida al género negro en África: Modibo Keita publicó El archer bassari, con tanto éxito que logró el Gran premio literario de África Negra y el gran premio del sindicato francés de escritores y periodistas. En esta novela, Keita denuncia la situación alimentaria en su país y la desertificación del Sahel que lleva a la población a la miseria. Pero también, la corrupción en el desvío de fondos de ayuda que no llegan a luchar contra esa miseria. Víctima de esa hambruna, un pueblo bassari decide vender su ídolo protector, una figura en oro, para comprar alimentos en el mercado negro. Pero las dos delegaciones enviadas a llevar a cabo la operación se dejan, una tras otra, corromper, y el pueblo busca venganza enviando tras él al arquero bassari. El periodista Simón será quien se encargue de dilucidar el misterio.

El otro peso pesado de la novela negra en el África occidental fue el también escritor maliense Moussa Konaté (1951-2013). Es el creador de uno de los personajes más constantes y emblemáticos de la novela negra africana actual: el comisario Habib. En sus investigaciones se entremezclan el humor con los aspectos más sórdidos de la sociedad de su país, con la corrupción, el abuso policial, la pobreza y la injusticia social a la cabeza. En el asesino de Banconi, obra que traduje al español para la editorial Almuzara, donde está disponible en nuestra lengua, un marabú aprovecha su situación social y política, pero también la ignorancia de sus conciudadanos para cometer sus fechorías, que dejan a varios cadáveres en el camino. El comisario Habib y su ayudante, un joven policía, es el encargado de desentrañar el misterio. Al hacerlo, nos deja un retrato de la sociedad maliense con la corrupción, la tortura y la crítica de la sociedad tradicional y la superstición popular en primer plano.

El comisario Habib repite en El honor de los Keita, L’empreinte du renard –La huella del zorro-, que nos lleva al país dogo, y La malédiction du lamantin –La maldición del manatí–, que nos sumerge en el mundo de la etnia bozo, los pescadores del delta interior del río Níger, confirmando la teoría de que una de las características de la novela negra del África occidental francófona es la de la presencia de rasgos etnográficos, mientras que la del África ecuatorial se centra más en la vida difícil y a menudo caótica de las grandes ciudades.

Quien confirma esa teoría es la maliense Aida Mady Diallo, autora de una única novela, Kouty memore de sang –Kouty, memoria de sangre, con una trama centrada en el conflicto político tuareg y sus derivas en la sociedad maliense. También está disponible en castellano desde que Casa África la incluyera en la colección que creó en la editorial El Cobre. Un tema que, dado lo que está ocurriendo en estos días en el país, viene muy a cuento, aunque no se puede decir que su tratamiento esté muy logrado en esta novela.

Entre los pioneros contamos con otro senegalés, Asse Guèye, que publicó su primera novela negra en 1986, con un título de resonancias reggae: No woman no cry, en la que un espía francés forma equipo con otro de la CIA para intentar acorralar a un genio senegalés de la física metido a terrorista, Bassirou Bèye, empeñado en acabar con el ignominioso sistema del apartheid surafricano.

Si viajamos hacia el sur, vemos que allí también otros autores se unen a Abasse Dione y a Modibo Keita para unirse al club de los pioneros. Antoine Nazau confirma el año 1984 como el del nacimiento de la novela negra africana con Traite au Zaire. El protagonista es un médico zaireño que se tiene que ver las caras con proxenetas, políticos corruptos, diplomáticos sin escrúpulos, entre otros personajes de escasa catadura moral.

Un año más tarde, el camerunés Simon Njami presenta su Cercueil et compagnie, una novela inspirada en las obras de Chester Himes. Njami es, además de escritor, comisario de exposiciones, especialista en arte africano y co-fundador de la revista Revue noire. Su incursión en el género negro es efímera, pero ahí queda su primera novela como una de las primeras en adoptarlo en el continente africano. En el mismo año y del mismo país nos llega Le DASS monte à l’attaque, de Evina Abassolo, que escribió esa novela, como ocurrió con La vie en spirale de Abasse Ndione, varios años antes, en 1977. Uno de los grandes de la literatura africana, el camerunés Mongo Beti, se anima en el final de su carrera a tomar prestado el género, y lo hace con dos novelas publicadas al final de los noventa, Trop de soléis que l’amor Branle bas de combat, en las que nos describe una sociedad hundida en la injusticia, la corrupción y el desprecio más absoluto de los derechos humanos.

Pero, también aquí, se trata de una incursión efímera, de un recurso al género que tanto se presta a sumergir al lector en la tenebrosa realidad política del África de esos tiempos. Quizá por ello sea en uno de los países donde esas tinieblas son más densas, el Congo, donde surgieron algunos de los autores más emblemáticos de la novela negra africana, que desarrollan lo mejor de su obra en los años ochenta: Achille Ngoye y Bolya Baenga.

Achille Ngoye destaca por títulos como Agence Black Bafoussa y Sorcellerie à bout portant. Nació en 1944 de una familia de fervientes católicos, y trabajó como periodista en diversos medios. Creé una revista de cómic muy popular en su país, Jeunes pour jeunes. Decidió dedicarse a la novela negra porque era un género poco tocado en África y porque ese es el color de la realidad de su país. Y, a juzgar por los temas que aborda en sus libros, desde luego que lo es: tráfico de armas, de drogas, de documentos de identidad y toda suerte de corruptelas políticas. Su Agence Black Bafoussa fue la primera novela negra publicada en la Série noire de Gallimard. La novela arranca con un asesinato en París, el de un joven que lucha contra el dictador de un país imaginario. Ngoye se luce con un francés africanizado en el que el argot local, las expresiones lingala y los africanismos encajan a la perfección con un uso espléndido del francés, y en sus relatos nos lleva, como lo hacen todos sus colegas del continentes, al análisis crítico de un África expuesta a la codicia de sus gobernantes y de sus antiguas metrópolis Afirma que su principal interés en el género es el de facilitar la difusión de sus ideas sobre lo que sucede en el país, una opinión que comparte el somalí Nourredine Farrah para explicar su trilogía Variaciones sobre el tema de un dictador africano. Además, y tomando las palabra de Ngoye, “la vida en su país no es precisamente de color rosa”. En 2001 vuelve a la carga con Ballet noir à Chateau rouge, situada en los ambientes africanos de París.

La senda de Ngoye es seguida por Bolya Baenga, cuyas obras La polyandre y Les cocus posthumes nos habla a las claras del clima de violencia que reina en ellas. En la primera, tres cadáveres negros yacen emasculados en una calle parisina, con una pancarta que anuncia Negros igual a SIDA. En la segunda son dos jóvenes hermanas gemelas, también negras, las que aparecen en la capital francesa asesinadas, violadas y rapadas. El investigador se verá afrontado a problemas de política internacional, pero también de racismo y de rituales del África tradicional.

Del mismo país y también con una incursión excepcional tenemos a Alain Mabankou, que ya recibió el Gran premio literario de África Negra por su primera novela, Bleu blanc rouge, autor africano consagrado y que en African Psycho abraza el género negro por primera y, de momento, única vez. Se trata de una magnífica novela que transcurre entre los dos Congos y que pide prestado el título a la famosa American Psycho de Bret Easton para hablar de un asesino en serie local. No sé si está traducida al castellano, pero en cualquier caso les recomiendo a este autor con títulos como Vidrio roto, publicada en España.

Si nos pasamos al África lusófona, nos encontramos con Pepetela, Este autor angoleño, el más joven en recibir el premio Camoes y antiguo militante del MPLA, creó a Jaime Bunda, una sátira de su casi homónimo James Bond, una sátira también de la policía, la burocracia y otros aspectos de su país.

La cosa no termina ahí. Una nueva hornada se está sumando a los pioneros. Para no alargarnos, mencionaremos a dos de ellos,que habrá que tener muy en cuenta en el futuro. El primero viene de Sudáfrica, pero escribe en francés: Louis-Ferdinand Despreez, miembro del Congreso Nacional Africano que en 2006 publica La memore corte y hace entrar en acción a Francis Zondi, de la policía de Pretoria, que regresa con Le noir qui marche à pied, ambientada en la Suráfrica del post apartheid. El segundo es un escritor gabonés, Janis Otsiemi, que en 2007 publica La vie est un sale boulot. Antes, en Peau de balle, nos contó la historia de una banda formada por tres hombres y una mujer que secuestran a la hija de un ricachón. La policía los busca, pero para hacerse con la cuantiosa recompensa ofrecida. En su última novela, La bouche qui mange ne parle pas, Otsiemi vuelve a retratar la sociedad gabonesa a través de un delincuente recién salido de la cárcel y que debe sobrevivir en la difícil Libreville, capital del país.

Evidentemente, no hemos hablado de todos los escritores africanos que han optado por la novela negra: no sería posible hacerlo, ni es el objetivo. Quedan fuera de estas líneas otros como el tanzano Ben Mtobwa, autor de Dar es salam by night, el sudafricano Meshack Macondo, el marfileño Sakanoko Khioud, y el franco-nigeriano Loulou Dédolaautor de 419 African MafiaLa intención era simplemente ofrecer una panorámica general de lo más importante que ha ocurrido en el género desde su nacimiento hasta nuestros días, para comprobar juntos que, efectivamente, la novela negra existe tanto al norte como al sur del desierto del Sahara, y que también allí sigue el camino abierto por quienes encontraron en ella una vía de denuncia de las injusticias sociales, de los abusos del poder, en definitiva, de denuncia, en definitiva, social y política.

Antonio Lozano nace en Tánger (Marruecos) en 1956. Estudia Magisterio en Granada y trabaja en las escuelas españolas de Urda y Nador. En 1984 se traslada a la Villa de Agüimes (Gran Canaria) y en 1987 se incorpora al equipo de gobierno municipal como concejal de Cultura y Desarrollo Local. Como tal, puso en marcha el Festival del Sur-Encuentro Teatral Tres Continentes, un evento que reúne a compañías de África, América y Europa con el fin de crear un espacio para el encuentro y el diálogo entre las culturas de los tres continentes vinculados al archipiélago canario y que dirigió hasta la vigésimo segunda edición, ocupándose actualmente de la programación de actividades paralelas. El Festival del Sur cumple en 2018 31 años de vida y a lo largo de este periodo ha sido puerta de entrada a Canarias del teatro latinoamericano y africano, y ha propiciado el contacto entre teatreros de los tres continentes y del archipiélago.

Como novelista, destacan:

Harraga(Zoela, 2002). Premio Novelpol a la mejor novela negra publicada en España en 2002. Mención Especial en el Memorial Silverio Cañada a la primera novela negra; y Prix Marseillais du polar 2008. Traducida al francés, al catalán y al alemán.

Donde Mueren los ríos, (Zoela, 2003), finalista del premio Brigada 21. Editada en alemán y en francés.

Preludio para una muerte, (Ediciones B, 2006)

El caso Sankara. Ganadora del Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona en mayo de 2006. Editada en francés.

Las cenizas de BagdadGanadora de la XXIII edición del premio de novela Benito Pérez Armas. Editada por Almuzara.

La sombra del Minotauro, (Almuzara, 2011)

Me llamo Suleimán, (ANAYA, 2014)

Un largo sueño en Tánger, (Almuzara, 2018)

Nelson Mandela. El camino a la libertad(ANAYA, 2018)


©Texto: Antonio Lozano

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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