Coherencia y misericordia

 

 

|M.Á. Contreras Betancor|

El teatro del absurdo nació cuando muchos individuos –debemos suponer– andaban preguntándose entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, cómo habían sido capaces de resistirse a la tentación de una aniquilación total, visto lo fácil que había resultado arrasar con millones de existencias, de historias personales; de penas y quebrantos. En definitiva, de vidas que poco tenían que ver con una realidad irracional.

Cuando terminé de leer La absurda existencia de Dalila Conde (M.A.R. Editor, 2018) ganadora del VII Premio Wilkie Collins de Novela Negra, pensé en la autora, Olga Mínguez Pastor, desde su faceta como dramaturga, y pensé que las cuatro partes en las que se divide la novela no son más que cuatro actos con sus correspondientes escenas y parlamentos. Y no me pregunte usted razón alguna, pero recordé a Samuel Beckett su Esperando a Godot oLa cantante calva de Eugène Ionesco; incluso, la memoria me llevó hasta el historiador francés Marc Bloch, capitán del ejército galo y luego miembro de la Resistencia fusilado por los nazis en 1944, cuando afirma: “Por desgracia, la ignorancia de la gente que me rodea sigue asustándome”. No obstante, es probable que mi elección de esa corriente teatral tenga que ver con los estragos que ocasiona la edad.

La novela

Adentrarse en las páginas de este libro ha sido un viaje en el que sin apenas darme cuenta, he ido descendiendo por el tobogán de una insoportable incomodidad que debo agradecer a la destreza de la escritora, que diseña unos personajes sin concesiones a la galería, llenos de matices, que pueblan un ecosistema del que, posiblemente, desconozcan su verdadero rostro. Tanto es así, que podría darse el caso de que unos padres temerosos del entorno en el que viven junto a su progenie, decidieran empezar desde cero dejándose atrapar –ignorantes ellos– por los cálidos abrazos de una secta ¿cómo reaccionar?

Si Leonardo Vélez es la columna vertebral de la trama, –ese hombre que se odia por “mostrarse incapaz de enamorarse, de desatar la coraza que le oprimía el pecho cada vez que tomaba aire”–, pero que es capaz de…, confieso que mi alma se fue encogiendo, haciendo trizas, frente a la inmensidad de Dalila, ante el estupor de una vida, de su vida, zarandeada hasta dislocar todas sus articulaciones, sobre todo por aquellos que debieron protegerla pero que eligieron escupir en el alma; primero de una niña y luego sobre lo que más tarde serían los despojos de una mujer. Y surge un instante donde la protagonista cree que, por fin, la felicidad no le será esquiva y se pregunta qué podría pedir al destino, respondiéndose que, tal vez, un poco de coherencia y de misericordia.

Pero no, la vida nos enseña muchas puertas; sé que la elección es complicada –aprendizaje, le llaman– y que entre las dudas y los portazos vamos avanzando no siempre en la dirección que creíamos en un principio, porque cuando vienen mal dadas, cuando la vida no ha sido otra cosa que un golpe tras otro, es posible que alguien agazapado esté esperando el momento propicio para enseñarnos el camino de la luz, ese que nos cambiará para siempre. Y creer en esos paraísos es, más que absurdo, patético, o simplemente suicida.

La absurda existencia de Dalila Conde es una novela negra y por lo tanto no es una suma de lugares comunes, es la vida –ni siquiera hay perdices– y sí una exposición descarnada de la realidad, cocinada con el gran estilo narrativo que ha demostrado en su ópera prima Olga Mínguez Pastor, de ésa realidad que debería mantenernos en alerta y no claudicar al primer canto de sirena, pensando erróneamente que tal vez lo bueno de la muerte es con ella nadie se entera lo que deja entre los vivos: Ni sufrimiento, ni sus reproches. Pero Dalila barre cualquier atisbo de una existencia absurda cuando descubre que las sirenas no cantan, que nunca lo hicieron, que aquellas voces lejanas eran lamentos y hasta ahí podía aguantar.



©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

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